·
Raúl
-
Ey, Helena.
Sí, me
gustaba desde el primer segundo en que la vi. Rubia, ojos azules, un cuerpo
perfecto, y en clase demostró ser una chica de carácter, demostró ser la chica
que buscaba, por eso no dudé en presentarme nada más verla por los pasillos.
-
Tú eres… Raúl, ¿Verdad? – me sonrió, me gustó.
-
Premio, has ganado una comida conmigo.
-
¡Ja, ja! – pude contemplar su perfecta sonrisa – Lo siento, pero con
sinvergüenzas yo no salgo – dio media vuelta y siguió su camino.
-
¿Y si te invito a cenar? – se paró.
-
Depende – volvió hacia atrás -, depende de a donde me invites, si es
al Burger te aseguro que puedes ahorrarte persuadirme.
-
¡No! - ¿una cena formal? – Te invito a un restaurante aquí cerca, en
el barrio.
-
Mmm – volvió a darse media vuelta -, llámame luego, te tengo que decir
donde recogerme – giró la cabeza, dejó caer un papel y guiñó un ojo -.
-
¿Es tu número? – lo recogí – ¡A las 5 te llamo!
Había
ganado una cita, mucho más fácil de lo que pensaba. Seguro que acababa por
gustarle a ella igual. ¿Pero una cena formal?
·
Guille
Bien,
después de insistir durante toda la mañana, Lara aceptó mi invitación a comer,
aunque fuese para cenar. La chica tenía una cabellera larga, que le caía por
los senos, pelos rizados como torbellinos, negros como el carbón. Oh, sus
labios, tan puros y carnosos, vestidos de escarlata esta noche, eran… Motivo de
pensar si había caído en una red que no me había lanzado. Esperé sentado, bajo
el paraguas, en el banco en que me había citado. No, puntual no era, no todos
llegamos media hora tarde viviendo en frente. La lluvia caía con fuerza. Nos
saludamos con dos besos amistosos, con dos mejillas sonrojadas. La agarré del
brazo, nos reímos, y fuimos hasta el restaurante.
Una
música suave sonaba de fondo. Las mujeres con sus chalecos cortos de principios
de otoño comenzaban a quitárselos poco a poco, mientras que la temperatura
subía a medida que más gente entraba a la sala. Por querer ser un caballero,
pedí una canción a escondidas, para que dentro de media hora la tocasen. Para
encantar hay que ser encantador, o aparentarlo.
-
¿Qué van a pedir? – preguntó la camarera. Su cara me era extrañamente
familiar.
-
Yo quiero los espaguetis con atún, pero sin queso y con poco tomate –
dijo, refinada ella – y por ahora ya está.
-
A mi ponme un buen chuletón, con bastante pringue.
-
¿Nada más? – asentí – En unos minutos vuelvo, gracias.
Bueno,
era una noche y podría excederme, pero Lara me miraba con unos penetrantes
ojos, ni que fuera un delito… Esto decía tanto de su formalidad como de sus
modales, incluso de su carácter.
·
Chari
Ay mi
madre, que estaban aquí mis dos profesores. Me habían mandado a tomarle el
pedido, pero con mis dotes de belleza exótica he conseguido que ninguno me
reconociera. Tengo unas ganas de que me den ya la noche libre, aunque sé que
tengo que ayudar a mi madre en todo lo que pueda, esto es demasiada presión.
Encima, en otra mesa más allá, estaba Raúl con Helena, la nueva. Todo iba en mi
contra, hasta que con suerte Iván apareció. Le había llamado para hacerme
compañía esta noche, un martes muy ajetreado.
Iván
nunca salía de marcha, ni era muy echado para adelante, ni tampoco divertido,
pero a pesar de ser un polo opuesto a mí era mi mejor amigo, el único que no me
había fallado en estos últimos 5 años.
-
¿Qué? ¿Hace calor fuera? – me cachondeé, venía empapado.
-
Es lo que tiene no ver el tiempo antes de salir…
-
Anda – le di un uniforme de cocinero -, será mejor que te pongas eso
antes de que te resfríes.
Menuda
cara larga. Sabía que le iba a poner pegas, encima que le doy ropa… Pero bueno,
no me molesta, no a todos le gusta ir disfrazados un ratito.
Se
cambió rápido, ya venía seco. Sus pelos chorreaban aún. Poco pronto cogí la
fregona y se la tiré a la cara. Otra vez con su cara de odio. Aunque después
siempre nos acabábamos riendo, esta ocasión no fue menos. Mientras él limpiaba
los pequeños charcos que trajo consigo, repartí los platos a mis queridos
profesores. Pero esta vez tuve menos suerte.
-
Oye… - dijo Lara – Tú, tú eres Chari, ¿Verdad?
-
Eh… - me quedé cortadísima, que vergüenza – Sí, soy alumna de tu
curso.
-
¡Claro! – exclamó Guille, el profesor de inglés.
-
¿Y eso a que viene? – que picada parecía Lara, con el rostro que
parecía saltar – Chari puedes seguir trabajando pequeña.
Me fui
echando leches, parecía que fuesen a tener bronca. Lara parecía muy formal, y
Guille, el Guille que yo conocía, era un crio de 26 años.
Volví a
por los platos. Esto ya era una broma, ¿Ahora tenía que llevárselos a Raúl y
Helena? Mientras que yo buscaba escusas, Iván acababa de fregar; que manitas el
muchacho.
-
Pero, pero – estaba en shock -, pero mamá, no puedo llevárselos.
-
¿Por qué no?
-
Porque son de mi clase, ¡No puedo! – y finalmente tuve que decírselo.
-
Chari, o coges los platos ó… - ese silencio fue demasiado temible – O
subes al escenario.
-
¿Cómo?
-
Pensándolo bien, quítate esa ropa, ponte la ropa de Cate – señaló el
baúl de Cate, la solista del grupo de música de nuestro restaurante -. Hoy vas
a sustituirla.
No lo
dudé, mejor que me vieran cantando que repartiendo papas fritas. Incluso
cantando se darían menos cuenta. Sí, era lo mejor. Iván estaba un poco
perplejo. Le dejé sentado en un taburete, me cambié volando, y salté al
escenario. David, el pianista, me explicó que aquel señor… Guille,
concretamente, había pedido una canción. Joder, menuda cancioncita, este se
traía algo con Lara seguro. Ya las luces se apagaban. Desde la primera fila, Iván
me miraba sin quitarme ojo. Y pues, los otros, los otros también. Creía que me
tambaleaba la voz, pero no, tan solo creía.
Chari – Me
muero por besarte (La quinta estación).
·
Lara
-
Oye, la cena de anoche estuvo bien, pero fue solo una cena – dije,
bien claro - ¿Estamos?
Guille
llevaba todo el día detrás de mía, me preguntaba como estaba, que tal la cena…
Todo, lo mismo, veinte veces que lo vi veinte veces que me lo preguntó. Este
tipo de cosas eran las que odiaba, alguien que me acosase, con cariño, pero a
fin de cuentas es acoso. Y lo peor: no quería nada, absolutamente nada. Era un
crío, se le veía en la cara. Anoche pidió una canción para mí, preciosa, pero
me fijé más en otra cosa que en el detalle.
-
Buenos días a todos – dije entrando en clase, dejando los libros sobre
mi mesa -. Hoy vamos a hablar de un tema interesante. ¿Podéis decirme que
actividades extraescolares hay? – callé, un minuto, y no hubo respuesta - ¿Y
que os parece organizar un grupo musical? Anoche te escuché Chari, fue
apasio... - entonces Chari se levantó, y agarró a Iván del cuello de la
camiseta. Lo agarró y salieron de la clase. - ¡Chari!
La
había chafado, quizás no quería que nadie supiera nada. Salí tras ella, y tras
el pobre Iván, que lo llevaba a rastras.
-
¡Rosario! – conseguí alcanzarla.
-
Lo primero, no me llames Rosario – dijo, girando la cabeza enfadada y
con fuerza -, lo segundo.
-
Chari, relájate por favor – la intentó tranquilizar Iván -. Me estás
haciendo daño, Chari.
-
Lo siento – le soltó, un poco perpleja -. Lara, ¿por qué has tenido
que decir que me has visto cantando? No te metas en mi vida privada, y menos
cuentes lo que sepas de ella.
-
Perdóname Chari… Yo solo quería decirte que pensaba presentar un
proyecto para hacer un grupo de música, y que me encantaría que formaras parte
de él.
Los
ojos de ambos chiquillos se cruzaron, dejando escapar un soplido de sorpresa,
una pequeña pausa para asimilarlo.
-
¿De verdad que crees que canto bien? – me preguntó.
-
¡Eres increíble Chari! – tuve que mostrar admiración, no podía negarla
- ¿Por qué no vienes esta tarde y lo hablamos tranquilamente?
-
¡Claro, claro…! – se fue con Iván, tarareando alegre, brincando como
una niña.
·
Ángel
María
no venía desde la presentación. No sabía nada de ella, no había llamado, ni se
había conectado al Tuenti, nada. Estaba deseando que sonara la campana,
largarme a saber si todo estaba bien. Y cuando tocó salí el primero por las
puertas del instituto. Crucé corriendo las calles bajo la lluvia, en su busca.
Llegué enseguida a su portal, y exhalé un nervio. Llamé.
-
¿Sí? – sonó una voz ronca y desentonada.
-
¿Está María? Soy Ángel, un amigo – me presenté. La puerta se abrió.
-
Sube, está un poco… Bueno, sube.
La
mujer me ofreció un café al entrar, pero no pude aceptarlo, primero debía
verla. Me llevó hasta su habitación. Mery, María, estaba sentada con la vista
perdida hacia la lluvia, que caía tras su ventana. Parecía que estuviera
llorando, pero en verdad eran las sombras de las gotas que dormían en el
cristal.
-
Mery… - su rostro no expresaba nada, parecía pálido como el de un
muerto, y el poco calor que daba era el que ofrecía la manta que la cubría -
¿Qué pasa ahora?
-
La lluvia – dijo -, es la lluvia.
-
¿Por qué no has venido a clase?
-
¿Y para qué? – respondió – Soy una completa inútil. Ángel, desde que
Wallace se fue de España no he podido recuperarme, y pienso que todo fue culpa
mía.
-
¡María! – me arrepiento ahora, pero le di un guantazo que le cambié el
color de toda la cara - ¡Wallace se fue por su culpa! ¡No vas a destrozar tu
vida por un chaval!
-
Ángel… - ladeó la cara, pude verla soltar una lágrima de desamor, vacía
de esperanza – No puedo quitármelo de la cabeza, pensaba irme con él pero me
dejó aquí.
-
No, ¿y qué crees? ¿A dónde piensas ir con quince años? Eres tan solo
una niña, aún te queda demasiado que vivir, y Wallace es solo un capítulo más.
-
Pero, es tan complicado… - derramó otra lágrima – Y ya no sé que
hacer, todas las tornas han cambiado, nadie me quiere hablar, estoy
completamente sola…
-
¿Sola? – me sentó mal, aunque no se lo reproché – Me tienes, y siempre
me tendrás.
-
Pero tu tienes tu vida, tu deporte, tus aficiones… - ay, si supiera
que ella era mi vida, mi meta, mi afición - ¿Y yo que tengo? Un mp3 lleno de
canciones que ya he escuchado hasta aburrirme.
-
¿Nunca has probado a grabar una canción tuya? – era buena idea, quizás
podía distraerla – Te he oído cantar, y no lo haces mal.
-
Y tú claro, sabes que eso cuesta mucho dinero – dijo, irónicamente,
pero parecía más animada.
-
Yo te ayudo a conseguir el dinero, si tú vienes a clase de nuevo.
-
Pues… - parecía que estuviese pensándolo, pero sabía de sobra que ya
sabía la respuesta – Sí, acepto señor Ángel salvador.
·
Iván
Ser
mejor amigo de Chari era, muchas veces, una tortura. Chari me llevaba con ella
allá donde iba, y la verdad, tampoco es que tuviera más amigos con quién ir. Estaba
temblando, Lara se estaba retrasando. Como sudando, se llevaba las manos a la
cara, roja rojísima.
-
Hey, chicos – entró Lara al despacho -, siento el retraso.
Podía
decirse que somos unos críos, pero nos reímos por el doble sentido. Lara nos
explicó que le había comentado a Oliva la idea, pero esta se había negado por
el presupuesto. Los ojos de Chari se volvieron negros negruzcos negrísimos, era
algo tan desolador en ella. Era mi mejor amiga y si tenía esta pequeña ilusión,
tenía que hacer lo posible para ayudar a que pudiese realizarla. Además, aunque
no lo pareciera, yo también tenía una pequeña esperanza de poder entrar en el
grupo.
-
¿Y si lo pagamos nosotros? – propuse.
-
¿Vosotros? Un grupo de música es caro… - reflexionó Lara.
-
Ya, pero digo, y si somos nosotros quienes dirigimos el grupo, tocamos
los instrumentos y obviamente cantamos, también podemos aportar dinero, no
tiene que ser una actividad gratis, ¿No?
-
Pero… - dijo Chari, pero pareció pensarlo un momento – Tienes razón,
yo si hace falta compro lo que sea.
-
¿Pero solo dos vais a ser en el grupo? – preguntó Lara. Ambos
guardamos silencio y nos miramos – Creo que deberíais de hacer un casting,
buscar gente que sepa algo de música o que quiera aprender, pero del colegio,
¿estamos? – concretó muy seria – Oliva seguro que nos deja usar la sala de ordenadores
y el teatro viejo de la parte de atrás. Si vosotros encontráis entre 5 y 6
personas ya me encargo yo del resto, ¿vale? – Chari sonreía, asintiendo como
una niña.
Salimos
dando saltos de alegría; bueno, yo estaba forzado a hacerlo por sus abrazos
coléricos. Por los pasillos oscuros del colegio en la tarde, íbamos pensando
como hacer el casting, que podíamos requerir para entrar. Menuda locura llevaba
encima mi amiga. El primer destino fue la biblioteca. Ella sacó su portátil y
comenzamos a diseñar los carteles de propaganda, los colgaríamos por cada
esquina del instituto. Entre los requisitos, incluimos tener ilusión, tener entre
15 y 18 años, cantar una serie de canciones, tener un instrumento o algo que
aportar… Chari sacaría malas notas, pero de lista tenía más que yo.
Nos
dieron las ocho, y afuera seguía lloviendo. Creí ver caminar por los pasillos
una sombra sin rostro, pero solo fueron imaginaciones mías. Antes de irnos,
colgamos todos los carteles, repartimos folletos por las clases, en cada mesa.
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